Me miraba con esos ojos oscuros, tan expresivos, y me pedía permiso sin palabras para acostarse al lado mío. Siempre tenía frío, o a lo mejor sólo le gustaba estar tapada hasta la cabeza, como a mí. A la madrugada se levantaba mil veces y hacía el recorrido ida y vuelta por el pasillo para verificar que todo estuviera en orden en la habitación de mamá y papá. La escuchaba ir y venir y la reconocía porque sus uñas hacían un ruido particular en las baldosas oscuras del suelo, era un distintivo. Y la cadena que tenía en el cuello. Cada vez que se movía se sentía un plic-plac-plic-plac, acercándose y acercándose. Siempre cerca.
En mis noches en vela me sentaba frente a la pc y mientras yo tipeaba y tipeaba ella dormía a mis pies, refunfuñando cada tanto. Cuando el suelo le parecía demasiado frío o demasiado duro me desarmaba la cama y se metía bajo las sábanas como si fueran suyas. Tenía mi permiso, después de todo.
Le gustaban los mimos en las orejas. Para llamanos la atención nos daba golpecitos con la cabeza y apoyaba el mentón en las piernas, inclinando la cara y cerrando los ojos cuando mis dedos viajaban una y otra vez por la cadena montañosa de su frente. A veces me hacía cosquillas en los pies. Y todo el tiempo perdía pelo.
Aunque no obtuviera respuestas en palabras, yo le hablaba, y estaba segura de que ella me entendía. Con esos ojos tan carismáticos que expresaban tanto, ¿cómo no leerle sus deseos? Conocía los horarios de la comida, la hora en que llegaba mamá y la hora exacta en la que yo me iba al colegio. Cuando llegaba a casa me recibía desde el sillón, levantando perezosamente la cabeza y sacudiendo apenas la cola.
Me perdonó todas las veces que por enojo o por un mal día le grité y me desquité con ella. Nunca hizo falta más que una caricia para hacer las paces. Me amaba, estoy segura de que me amaba, como yo la amaba a ella y como todavía la amo.
Nunca me voy a olvidar del día que llegó a mi vida. Tenía un moño rojo atado al cuello y dormía la mona en una cajita de cartón. Cada vez que bostezaba me contagiaba y yo me pasé toda la tarde sentada en el suelo, con ella hecha un ovillo entre mis piernas. Una costumbre que le quedó impregnada toda la vida, algo que siguió haciendo conmigo -y con todos los que pudiera- incluso cuando su tamaño y su peso eran insoportables y era imposible sostenerla. Todo por un mimo. Por una caricia. Y lo hacía todo el tiempo, a cualquier hora y en cualquier momento. Al menos mientras pudo hacerlo.
La extraño cuando me voy a acostar y no siento su cuerpo caliente haciendo peso en mi almohada. La extraño cuando no la escucho llorar a la hora de la comida y gritar como una loca cuando llegan mamá y papá de trabajar. Cuando no la siento dormida al alcance de la mano, cuando no escucho sus gruñidos en sueños. La extraño también cada vez que viene el paseador porque sé que estaría paseando con Maitena y otros perros y volvería cansada y dormiría todo el día, porque era perezosa y estaba muy malcriada.
La extraño un año después de que se fue, pero también la extraño todos los días.
Mi negrita, mi gorda, mi luz, mi princesa.
Mi lumía.